Iglesia de la Balbanera y Laguna de Colta: Guía para viajar al origen histórico del Ecuador



El viento en el páramo de Chimborazo no sopla, susurra. Es un silbido frío que parece traer ecos de siglos atrás, de cuando los pasos de los puruhaes y los conquistadores se cruzaron por primera vez en este valle alto. Me detengo frente a una pequeña estructura de piedra que, a simple vista, parece modesta, pero que sostiene sobre sus cimientos el peso de toda una nación: la Iglesia de la Balbanera.

Cerré los ojos un momento y traté de imaginar aquel agosto de 1534. Mientras el resto de lo que hoy conocemos como Ecuador era aún selva y montaña virgen, aquí se colocaba la primera piedra de la fe cristiana en estas tierras. Al tocar sus muros de sillar, fríos y rugosos, sentí una conexión eléctrica con el tiempo. No hay aquí el oro recargado de las iglesias de Quito; hay algo más puro, una sencillez que impone. El relieve de piedra sobre la puerta, tallado con una ingenuidad que conmueve, es el primer capítulo de nuestra historia mestiza.

 


El espejo de los Andes: Laguna de Colta

Caminé unos pocos pasos hacia el horizonte y me encontré con la Laguna de Colta, o Kulta Kucha en la lengua de la tierra. Es un espejo de agua azul profunda que parece descansar bajo la mirada vigilante del Chimborazo.

Me senté a la orilla, viendo cómo las totoras se mecían rítmicamente. Hay una paz extraña aquí, un silencio que solo se rompe por el aleteo de las garzas y el murmullo de los botes de madera que cortan el agua. Dicen que esta laguna no tiene fondo, o que guarda en sus entrañas los secretos de las ciudades que ya no están. Mientras observaba el reflejo de las nubes, entendí por qué los antiguos consideraban este lugar sagrado: aquí, el cielo y la tierra se tocan sin esfuerzo.

 


Caminar sobre fantasmas: La antigua Riobamba

Pero el verdadero escalofrío de este viaje lo sentí al caminar entre las ruinas de lo que fue la antigua Riobamba (Liribamba). Es difícil de procesar para la mente moderna: bajo mis pies, sepultada por la tragedia del terremoto de 1797, descansa una ciudad entera.

Caminar por estos senderos es hacer arqueología emocional. Me detuve frente a los restos de los muros que sobrevivieron a la furia de la tierra. Imaginar la opulencia de sus templos y la vida de sus 20,000 habitantes, borrados en un parpadeo geológico, te hace sentir pequeño y, al mismo tiempo, profundamente vivo. Riobamba no murió aquel día; se mudó unos kilómetros más allá, pero su alma se quedó aquí, en Colta, custodiando las cenizas de su esplendor colonial.

 


Por qué tienes que venir

Viajar a Colta no es solo hacer turismo de fotos; es un peregrinaje a la raíz de quiénes somos. Es sentarse a almorzar una fritata caliente frente a la laguna, sentir el sol picante de la sierra en la nuca y entender que Ecuador empezó aquí.

Mi consejo para ti, viajero: No pases por aquí a toda prisa en un bus. Detente. Compra un puñado de habas tostadas, camina hasta la puerta de la Balbanera cuando el sol empiece a caer y quédate un momento en silencio. En ese instante, cuando el Chimborazo se tiñe de rosado y el reflejo de la laguna se vuelve de plata, comprenderás que hay lugares en el mundo que no se visitan, se habitan con el espíritu.

Colta no te ofrece lujos de cinco estrellas, te ofrece el lujo de la perspectiva. Y eso, en este mundo que corre sin mirar atrás, es el tesoro más grande que puedes encontrar.

 


¿Te ha pasado alguna vez que un lugar te hace sentir que estás caminando sobre la historia? Cuéntame si has sentido ese "vuelo" en el tiempo en algún otro rincón de nuestros Andes.

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