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La casa del turismo comunitario

A tres kilómetros de Otavalo, en Imbabura, se encuentra una puerta que conecta a la actual generación con las tradiciones andinas. La Casa Sol Otavalo es el lugar indicado para conocer de cerca a la comunidad indígena de Peguche. Así, este sitio es el ideal para compartir con familias que conservan su legado cultural. Las blancas y las coloridas paredes, y su estratégica ubicación, en la cima de una loma, transforman a esta casa en un portal a ese mundo por descubrir. El lodge está ubicado a un lado de la vía que va a la cascada de Peguche. El desvió en la Panamericana se encuentra en la salida a Ibarra. La arquitectura de la construcción se distingue a la distancia. Las blancas paredes y el techo de teja es la principal característica de su fachada. Las paredes interiores son coloridas, creando con la luz natural que ingresa por los ventanales un ambiente acogedor. La decoración es tradicional. La Casa Sol abrió sus puertas en 2006 con los servicios de cafetería, restaurante y hos

Travesía por un bosque milenario

Lodge Polylepis es un paraíso que rompe los esquemas. Las bajas temperaturas y las pocas horas de sol pasan a segundo plano. La neblina, y a veces la lluvia, hace más mágico a este lugar. El bosque milenario de polylepis, que data de entre dos y cuatro millones de años, es el principal motivo para sentirse en un edén. Hasta el nombre del cantón y del páramo (El Ángel), en donde se encuentra, es otra de las señales que lo confirman. La hostería, ubicada en el páramo de El Ángel, en la provincia del Carchi, tiene un clima que oscila entre los cinco grados y los 18 grados centígrados, pero a veces puede descender a cero. Por eso, la primera recomendación es llevar ropa abrigada e impermeable, a más de botas de caucho. También se sugiere que antes de preparar las maletas se debe hacer las reservaciones porque Lodge Polylepis recibe máximo 60 personas por día. La razón es preservar este paraje único de polylepis y frailejones. Trayecto La hostería se encuentra a tres horas y media de

La transformación de Pantaví

Las sorpresas son parte del itinerario de la Hostería Pantaví. Una piedra de sacrificio que corresponde a la época preincaica, según sus propietarios, se encuentra en el patio principal empedrado. Éste es uno de los elementos que más asombran a los visitantes. Su forma rectangular acogía a las personas que iban a ser parte de los rituales de los caranquis, que vivieron en el norte del país antes de la llegada de los incas. Pantaví es una suma de atractivos y de experiencias. La hostería se encuentra a tres horas de Quito. La distancia desde Ibarra es de 25 minutos en dirección al norte. En la Panamericana hay un desvío a Salinas, en la que se debe tomar la vía asfaltada a Tumbabiro. La ruta a este paraje serpentea plantaciones de caña de azúcar, que a partir de julio se puede observar la zafra. Casa de campo La casa de la hacienda San Clemente se reconstruyó hace 30 años sobre los antiguos cimientos de la antigua casona, y se la habilitó para funcionar como hostería hace cinco año

Adiós a las minas

“El primer error puede ser el último” es la consigna de los desminadores. Y Leonardo Simbaña, Sargento Segundo del Ejército Ecuatoriano, sabe del peligro que representan las minas antipersonales y antitanque. En cualquier lugar de la frontera con el Perú puede explotar alguna. “Existe temor y miedo que a algún compañero o a uno mismo le pueda pasar algo con una mina”, cuenta. Las tareas de desminado humanitario se iniciaron en octubre de 2000 con la demarcación de los límites del kilómetro cuadrado de Tiwintza. Desde esa fecha hasta el 10 de mayo de 2007, el Comando General de Desminado del Ecuador –dependencia del Ejército- registró cero accidentes en las tareas de remoción y 4.535 minas destruidas. Todo un éxito para un país que solo realiza desminado manual. Dos monitores de la Organización de Estados Americanos (OEA) supervisan y avalan el desminado. A pesar de los peligros, Leonardo Simbaña forma parte del Comando Regional de Desminado Amazonas (CRD). A sus 36 años está orgullos

Valle de Los Chillos, el paraíso

El Valle de Los Chillos tiene un signifficado especial para mi. En este lugar viví desde los nueve años. Era un sitio súper distinto a mi natal Riobamba. Lo más duro fue acostumbrarme a los continuas tormentas eléctricas, algo poco común en la capital de Chimborazo. Pero el valle fue un lugar mágico. Ahí estudié y viví. Las aguas termales era lo más rico del lugar. Las piscinas de El Tingo, Guangopolo, La Merced se caracterizaban por sus curativas aguas. El lugar más espectacular fue la laguna del río Pita, por el sector de Molinuco. Para mi fue un paraíso. Para llegar allá hay un bus que sólo sale los sábados y los domingos desde Sangolquí. Recorre por un camino estrecho y empedrado. Serpentea las colinas en dirección al oriente. De la parada, hay que caminar 30 minutos por senderos. Se salta charcos y descubre un mundo de naturaleza y agua. La cascada es una maravilla. De sus 30 metros de aguas cristalinas se siente el rocío que llega al rostro. El agua proviene del volcán Cotopaxi

Caminando por el Malecón

Este viaje fue por casualidad. Estaba trabajando en Cuenca y me dieron el dato que había una charla sobre periodismo económico en el IDE. En ese momento estaba a cargo de la página de Economía de Diario El Tiempo y valía la pena ir a escuchar la conferencia de un periodista ecuatoriano que trabajaba en la CNN en español. La capacitación era a las 08h00 de un sábado y salí a las 03h00 de Cuenca. El viaje fue tenaz. Antes de salir de la capital azuaya, el cobrador (chuleo para los cuencanos) hizo bajar a dos personas que no querían pagar sus pasajes. Con una habilidosa aplicación de la defensa personal, el ayudante los bajó y los dejó en un destacamento de Policía. Desde ese momento, para mí el viaje estaba lleno de tensión, a tal punto que permanecí despierto en todo el recorrido. A eso se sumaba que los días previos se escuchaba sobre la inseguridad en Guayaquil (sólo a mí se me ocurre ver crónica roja los días previos). Pero ya había preguntado por dónde tenía que caminar y qué hace

A la Nariz del Diablo

Aunque fue en autoferro, el viaje a la Nariz del Diablo fue una aventura. Cuando vivía en Riobamba hace ya 18 años era común recorrer de mi ciudad natal a Quito en la locomotora. Luego de tanto tiempo me picó el bichito de viajar en tren. Al haber poca información, lo que hice un viernes fue coger el último bus que sale de Latacunga en dirección a Cuenca. A las dos de la mañana del sábado llegué a Alausí y caminé por las calles desoladas del cantón de Chimborazo, al sur de Quito. Al bajar del bus me quedé en la gasolinera que se encuentra en la Panamericana. Ahí tomé café a las dos de la mañana y luego caminé por una calle desolada en dirección al centro de la ciudad. A esa hora hacía frío. Los ladridos de los perros eran los únicos sonidos. En el momento en que ya estaba en la ciudad, que en realidad es muy pequeña, empezaron a aparecer los barrenderos. Era la primera vez que estaba en Alausí y a ellos les pregunté que en dónde me podía hospedar. Al ser la primera vez uno tiene mied

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